MANOS A LA OBRA

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Duna Homedes (1993) cofundó en 2012 Masoveria Urbana per la Llar Alternativa (MULA) en el Barrio de Can Baró, en Barcelona. Este colectivo nació con la intención de afrontar el enorme problema de la burbuja inmobiliaria. Para eso han recuperado el antiguo sistema de habitaje en el que el propietario cedía su finca a un individuo a cambio de que este lo cuide. Duna estudia, además, un grado superior de animación.

Si algo llama la atención del descuidado estilo de Duna son sus botas. Altas y rojas, a primera vista parecen llenas de perfectas manchas de pintura. Después de un examen exhaustivo se puede apreciar que son pequeñas margaritas estampadas en la tela del zapato.

Duna es una chica que presta atención a los detalles. Ya de muy pequeña era así. Su madre recuerda con gracia cuando, en la guardería, su clase tenía que hacer un caracol. Duna fue la única que, en lugar de hacer un pegote, tuvo la idea de amasar un churro de plastilina para enrollarlo y hacer así el caparazón.

Siempre ha sido buena con las manos y se le han dado muy bien las artes plásticas. Sin embargo, su gusto por las maquinitas y de más aparatejos detectivescos le hicieron decantarse por el bachillerato científico. Le interesaba especialmente el mundo de la investigación y de las indagaciones.

Aún así, el bachillerato científico no fue lo que se esperaba. Rápidamente vio que no quería pasarse la vida detrás de números. No tenía problemas para aprobar, así que se podía permitir sentarse al fondo del aula y pasarse la clase dibujando. Se apuntó también a varias actividades extraescolares: probó diversos deportes y se incorporó al CAU.

Buscaba algo, pero no lo encontraba. Nada de lo que le aparecía conciliaba todo lo que le gustaba. Se graduó en medio de esta búsqueda y no supo hacia dónde orientar sus estudios. Tampoco se veía estudiando una carrera en ese momento, así que se tomó una pausa de seis meses, en la que fue a Dusseldorf, donde vivía una amiga de su madre.

Fue una época de libertad total. Si le apetecía, lo hacía. Buscó sin pudor algo que le gustara entre lo que le había llamado la atención. Iba a ver a artesanos y les ofrecía su ayuda sin pedir nada a cambio, solo aprender. Así fue como intentó acudir de oyente a clases universitarias o trabajó de camarera en un bar de heavy metal.

Dado que no dominaba el alemán su núcleo de amigos era muy variopinto: una serbia de veintiséis años, un búlgaro de cuarenta, entre estos; todos procedentes de fuera de Alemania. Se reunían en los parques o en la orilla del río a tocar música, a pasar el rato. Esos días fueron muy felices para Duna, pero a medida que iban volviendo a sus países de origen se fue dando cuenta de que tenía que imitarles.

Sin embargo, antes de dejar las tierras teutonas se llevó una vivencia preciosa. La amiga de su madre le puso en contacto con un conocido suyo que trabajaba en un estudio de animación. Nunca se había parado a pensar que detrás de los dibujos animados, que tanto le gustaban de pequeña, habría gente de carne y hueso, y se dio cuenta de que reunía todo lo que a ella le gustaba. Combinaba el dibujo, el dominio de gadgets, literatura, pues había que construir el guión, investigación, pues hacía falta documentarse para construir universos y pedagogía ya que, al fin y al cabo, el público eran los niños.

Una vez en Barcelona empezó a estudiar el curso de animación, pero necesitaba más. En Dusseldorf se había acostumbrado a no esperar que las cosas vinieran solas sino a buscarlas, y se puso manos a la obra con la Masoveria Urbana. La había conocido gracias a una antigua monitora del CAU con la que había guardado contacto y a la que vio cuando estuvo en Barcelona por Navidad.

La ayudó a buscar casas vacías y a identificar a los propietarios; se sentía como el detective que quería ser de pequeña. Cada vez le interesó más y se involucró completamente junto a una amiga de la infancia y dos del instituto. Al cabo de unos meses consiguieron llegar a un acuerdo con la propietaria del Xalet Mercedes: a cambio de unas horas mensuales de trabajo en la casa podían vivir allí. Después de una exitosa campaña de Goteo recaudaron suficientes fondos para ponerse manos a la obra.

A partir de entonces se incorporó gente mayor al proyecto y ha ido tomando forma. Gracias a un paleta que les enseñaba a medida que trabajaban han aprendido lo que Internet no les podía ofrecer. Han llamado la atención de asociaciones de arquitectos como Arquitectos Sin Fronteras y de un abogado fascinado por la masoveria urbana, feliz por ser testigo de un caso real.

Incluso los vecinos les apoyan. Al principio se mostraron reticentes con la iniciativa, pero después de ver lo intensamente que han trabajado han terminado ayudándoles: les traen zumos y hasta les prestan herramientas cuando ellos no pueden adquirirlas.

En MULA quieren instituirse como una asociación y convertirse en una punto de encuentro todos los interesados en masoveria urbana. Mientras tanto, siguen trabajando. Cada tres semanas dedican tres días intensivos a mejorar la casa. Duna presta especial atención a los detalles; la prueba, su techo: el más limpio y liso de la casa, con las vigas más pulidas y lustrosas.

EL EPICENTRO DEL BULLICIO

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Mamadou Saliou (1992) nació en Conakri, Guinea, aunque de muy pequeño su padre se trasladó a su barrio, Zinguichor, en Casamance, Senegal. A los 16 años desembarcó en Barcelona con el sueño de ser jugador de fútbol, pero la crisis le obligó a buscar otros caminos. Después de su estancia en Centros de Menores y de conseguir trabajo en una tienda de bicicletas se lanzó a hacer Diandé Africa, una ONG que busca dar a conocer la realidad en Europa en Senegal.

En un par de meses, Mamadou irá a pasar una temporada a Senegal. Vive a caballo entre Barcelona y su barrio, pues necesita controlar personalmente sus proyectos. En esta ocasión va con su pareja y una chica que se ha incorporado a Diandé recientemente. Lo más difícil, conseguir financiación: no para él, sino para pagar a la gente que trabaja con él. No tiene prisa por cobrar, su prioridad es que el proyecto salga adelante.

Ya de niño se encontraba en el epicentro del bullicio. Su casa en servía de punto de encuentro para sus amigos. Se sentaban en unos escalones, a la sombra de un árbol, y comentaban los precios desorbitados que se pagaban por los fichajes de algunos jugadores de fútbol. Mamadou calculaba en silencio lo que podría hacer con todo ese dinero para mejorar la situación de su barrio.

Pese a que llegó a Barcelona con dieciséis años, nunca dejó Senegal completamente. Pensaba en su barrio, en cómo podía ayudarles. Se dio cuenta de que tenía que desmitificar la imagen que sus compatriotas tenían de Europa. Así fue como puso la primera piedra hacia Diandé Africa y se puso manos a la obra con los documentales “Si yo sabría, no vendría” y “Mañana, lo mismo”.

Los llevó a cabo como siempre había hecho: compartiéndolo con sus amigos. Los lazos con la gente de Barcelona se reforzaban mientras ayudaba a su barrio. La chica con la que plasmó el guión fue la que más tarde le encontraría el trabajo en la tienda de bicicletas.

Esta predisposición a hacer cosas le hizo tejer una relación especial con los centros. Poco tardó en implicarse como voluntario y se convirtió rápidamente en un excelente organizador. Al fin y al cabo, lo había vivido desde el punto de vista de usuario y no le costó nada saltar al otro lado.

A los centros no les pasó desapercibida su implicación. Le recompensaron el duro trabajo con campos de trabajo internacionales: ahí conoció a gente muy diferente, pero con inquietudes similares a las suyas.

La experiencia que adquirió le fue muy útil para crecer como gestor. Con un cuarto de los presupuestos de las actividades en las que colaboraba, él podía hacer maravillas en su barrio. Ya no era como cuando estaba en los centros, había crecido, tenía recursos y no dudó en ponerlos en práctica.

Uno de sus principales apoyos fue Nacho Sequeira, director de Fundació Exit. Mamadou quedó con él para explicarse su proyecto. Le interesó y los encuentros se fueron haciendo periódicos hasta que se instituyeron reuniones semanales. Poco a poco, Diandé Africa iba tomando forma.

Sin embargo, no fue hasta que conoció a Anna Enrich que no acabó de despegar. La conoció a través de Nacho y se encargó de hacer caminar el proyecto: con ella optaron por una estrategia de calidad sobre una de cantidad. Mamadou se dio cuenta de que más valía tener a diez niños bien atendidos que no quinientos descuidados. Poco a poco y bien.

A partir de aquí materializó todo aquello en lo que llevaba meses trabajando. Gracias a los contactos que había hecho durante sus estancias en los centros conocía perfectamente la faceta de Barcelona más oscura. Llegó a un acuerdo con la tienda de alquiler de bicicletas en la que trabajaba para que le cediesen unas cuantas y pudiese así organizar el tour “Una Barcelona Diferente Sobre Ruedas”.

Trabajar de lo que a uno lo apasiona con la gente con la que se está a gusto. Mamadou siempre está en el epicentro de las cosas que pasan, ya sea para organizar un partido de fútbol o para montar una ONG y ayudar así a su barrio. Siempre su barrio.

UN INTÉRPRETE INTRÉPIDO

dani
Dani Castejón (1986) nació en Premià de Mar. Después de tantear las carreras de Arquitectura e Interiorismo, decidió decantarse por Interpretación en el Conservatorio del Liceu para afilar su habilidad con el piano. Su profesora es Alba Ventura, una eminencia con una carrera de infarto. Al mismo tiempo, Dani da clases extraescolares de piano en Betània Patmos. Tiene, además, un negocio de cartas Magic The Gathering, que forma parte de su vida desde que el juego llegó a la Península Ibérica, cuando él tenía ocho años. A partir de los veinte jugó en torneos que le permitieron viajar por toda Europa.
Diletante: Que cultiva algún campo del saber, o se interesa por él, como aficionado y no como profesional.”

Real Academia de la Lengua Española

Dani está en el Luzia, un restaurante en las Ramblas situado entre su casa y el Conservatorio. Le traen el sandwich de queso, lo prueba y lo analiza. Muy bueno, pero… ¿por qué no está seco? Lo abre, lo disecciona: ¡ah! Tiene col lombarda y suelta agua, por eso no se seca. De todo se aprende, hasta de los sandwich de queso.

Ávido de información, le interesan toda las ramas del conocimiento: gastronomía, arquitectura, pintura, etc. Funciona como un camaleón, acumula conocimiento, lo gestiona y se adapta. Gracias a esto ha aprendido a mimetizarse en ambientes muy dispares, de los que extrae la información necesaria en cada momento de su vida.

De ahí su mote autoimpuesto: Diletante. Concebido como algo peyorativo, él le da la vuelta. Su interés en campos dispares le permite tejer una relación donde aparentemente no la hay. Busca la pureza, aquello que subyace en todas las formas de expresión: la esencia común. Para él, lo único que cambia es el contenedor que adoptan, diseño, escultura, música, etc.

Al fin y al cabo, Dani vive la vida como jugaba a Magic. Su estilo consistía en pagar por información: recibía daño a cambio de conocer la estrategia del contrincante, como el cazador que finge dejarse cazar para asegurar un golpe certero. Lo hacía gracias a unas barajas reactivas que sacaban su potencial cuando la partida a medida que la partida avanzaba.

Siempre fue un gran constructor de barajas. Le encantaba diseñar estrategias y trazar planes en su mente. Durante el tiempo que participó en los torneos adquirió tal conocimiento del juego que, años después, decidió invertir unos ahorros en su actual negocio de venta de cartas.

La idea de montar este peculiar negocio surgió de una necesidad. Consciente de que podría no ganarse la vida con la música, buscó otra manera de hacerlo. Al fin y al cabo, hay vida más allá de los pentagramas y de las partituras; la música no es exclusiva y es compatible con otras disciplinas.

Sin embargo, no quita que la música sea la mayor de sus pasiones. Una profesora de la guardería detectó que tenía buen oído a los cuatro años y recibió clase hasta los once, cuando perdió el interés por seguir estudiando piano. Tenía cosas más importantes por las que preocuparse: integrarse en su entorno, en el que no terminaba de sentirse a gusto, y conseguir novia.

Puesto que siempre ha sido buen estudiante, los estudios nunca fueron un problema. De esta forma se pudo concentrar en lo que quería; su popularidad creció, trabajó en una de las principales discotecas de Mataró y se echó novia. Sus notas le permitían acceder a cualquier carrera y eligió, casi por acto reflejo, la misma que su pareja de entonces: arquitectura en Etsab.

Fue al empezar la formación universitaria que la vida le dio el primer golpe. Nunca había tenido problemas para entender el ritmo de las clases hasta entonces. Los conceptos matemáticos que se explicaban iban más allá de lo que él necesitaba saber. Vio, además, que las habilidades sociales que había cultivado durante el bachillerato no le servían para nada y entendió que era un ignorante.

Más tarde, interesado por el diseño, decidió empezar Interiorismo en EINA. Ahí descubrió dos cosas: la primera, no todo vale en el mundo del arte. A través de una asignatura sobre el color vio, él que es daltónico, que hay criterios para evaluar la belleza de una obra de arte. Fue consciente de la relación entre todas las disciplinas y a partir de entonces vio el mundo con ojos diferentes.

Su segundo descubrimiento en EINA fue que quería hacer música. Se sorprendía tocando el piano en los momentos en los que estaba atascado con el estudio. Así fue como decidió ingresar en el Conservatorio del Liceu. Su excelente gestión de la información le permitió asentar las bases del piano después de dos años de intenso trabajo.

Dani es muy crítico con su habilidad como intérprete y siempre relativiza su talento. En cambio, su avidez por la información lo convierte en un profesor exigente y apasionado, que da más importancia a una formación cualitativa que cuantitativa. Es probable que sus ganas de formar no se entiendan en España, pero sí en otros países. Al fin y al cabo, la música no entiende de fronteras.

ILUSTRAR CAMINANDO

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Amaia Arrazola (1984) es una ilustradora freelance nacida en Vitoria y afincada en Barcelona. Estudió publicidad en la Complutense de Madrid y durante tres años trabajó en la agencia de publicidad McCann. Sin embargo, ella quería más y, después de un master en Elisava se estableció en Barcelona para ejercer su pasión. Comparte estudio en Gracia con los ilustradores Conrad Roset y Chamo Sanz, que se ha convertido en un verdadero cluster de creatividad.

Amaia ha descubierto recientemente que le encanta pintar murales. Era algo que siempre le había llamado la atención, pero nunca había tenido la ocasión de hacerlo. De esta forma, se puso en contacto con la galería Miscelánea y se lo propuso: así fue como realizó The Big W.I.P. Gustó, y a partir de entonces le llaman para seguir pintando muros.

Este motor es la particularidad de Amaia. Siempre hacia adelante, “el movimiento genera movimiento“, le gusta decir. Saber hacer algo o no es relativo, pues aprende a medida que recorre el camino. La mejor manera que tiene de demostrar que sabe algo es haciéndolo. De esta forma ha tocado palos como la escultura, la jardinería o la costura, ramas de la artesanía que le apasionan.

Caminando por el sendero de la vida descubrió que quería dedicarse a la ilustración, aunque tuvo que dar varios tumbos. De pequeña no tenía claro qué se quería dedicar, a diferencia de su hermana, que quería ser arquitecta y lo ha terminado siendo.

Siempre tuvo inclinaciones creativas; le gustaba el cine, la música y la pintura. Al fin y al cabo, llevaba la vena artística en la sangre, pues su abuela era pintora de acuarelas. Descartó las bellas artes por el miedo a no encontrar una salida profesional clara y se decantó por publicidad, en la Complutense de Madrid.

La publicidad no consiguió colmar sus aspiraciones creativas, aunque no se arrepiente de su elección, pues le ha marcado la vida. De no haber elegido ese camino no estaría donde está.

Fue durante su Erasmus en París que descubrió su pasión. Conoció a una ilustradora y le fascinó su trabajo. Quería hacer lo mismo, pero carecía de la técnica, así que a partir de entonces se dedicó en cuerpo y alma a dibujar, pintar y a hacer bocetos.

Al volver a Madrid participó en el concurso “Creatividad en Vivo”, en el que ganó y consiguió unas prácticas en la agencia de publicidad McCann Erickson. Les gustó su perfil a caballo entre publicista e ilustradora y la contrataron de Directora de Arte Junior.

Después de tres años ejerciendo necesitó un cambio de aires. Aprovechó una beca para mudarse a Barcelona a estudiar un doble posgrado en Diseño y Diseño Editorial en Elisava. Al terminarlo, se lanzó al vacío como ilustradora freelance.

La estancia en McCann fue clave para esta nueva etapa de su vida. Por un lado, se había acostumbrado a regirse por rutinas laborales que aplicó a su trabajo de freelance. Por otro lado, había mantenido el contacto con clientes de la agencia a los que les gustaba su trabajo que fueron los primeros que le hicieron encargos.

” La mejor manera que tiene de demostrar que sabe algo es haciéndolo “

Barcelona le permitió entrar en contacto con gente de su gremio. Conocía a Conrad Roset de cuando estaba en Madrid: a ambos les gustó el trabajo de cada uno e hicieron una exposición conjunta en la capital. Cuando estuvo en Barcelona se volvieron a encontrar y le presentó a Guim Tió y a Chamo San.

La idea de compartir oficina surgió de una necesidad. Todos trabajaban en sus respectivos domicilios y ya no podían más. Cuando se reunían salían muy buenas ideas, y siempre decían que tenían que juntarse más a menudo. Conrad fue quien encendió la pólvora: tenía que buscarse un sitio y decidieron dar el paso juntos una noche de copas. De esta forma empezó la búsqueda de un local, que terminó cuando se enamoraron de la buhardilla de Gracia en la que conviven actualmente.

Así fue como nació el cluster en el que conviven, un espacio en el que crecen todos juntos. Es una fuente constante de estímulos: fluyen las preguntas y se resuelven dudas.

La diferencia de estilos entre los ilustradores que comparten el cluster permite que cada uno se especialice en un campo. Si un cliente les pide algo que no pueden hacer y saben que uno de sus compañeros sí, se pasan el contacto. Esta sinergia les fortalece y es fuente de constante reinvención. Por ejemplo, Amaia se lanzó al mundo editorial, que le daba bastante respeto, cuando vio la naturalidad con la que Conrad se enfrentaba. Si él lo podía hacer, ella también.

Actualmente está trabajando en la ilustración de una novela. Está un poco saturada del mundo editorial y le apetece volver a la pintura, un campo del que considera que todavía tiene que aprender mucho. Sin embargo, no se plantea el futuro con especial incertidumbre: se limita a caminar y a aprender avanzando.

UN OPTIMISTA NATO

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Jordi Saragossa (1988) es un fotógrafo oficial del equipo Salomon Internacional y de Buff Pro Team cuya función principal es retratar a uno de los corredores de montaña más reconocidos: Kilian Jornet. Su voluntad de hierro le permite aguantar horas inmóvil en la montaña, esperando que pasen los corredores. Aún así, la calidad de sus imágenes radica más bien en su relación con Kilian fuera de las carreras.

Jordi no soporta llegar tarde. Aparece en el punto de encuentro a la hora exacta, ni antes ni después. Suele llegar entre cinco y diez minutos de antelación, aprovecha para aparcar su bicicleta y contestar algunos mensajes. Cuando llega el momento se pone en marcha y saluda.

Esto se debe, sin duda, a su profesión. Al fin y al cabo, tiene que estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. Los corredores pasan ante él como una estela: fallar o llegar tarde sería fatal. Los espera pacientemente, acechando entre la montaña y Jordi aplica esta filosofía a su día a día.

Nada le gusta más que subir la montaña en su tiempo libre y llegar cuando se pone el sol. Las vistas y las fotografías que se disfrutan desde ahí son su entrenamiento.

Su pasión por la fotografía y la naturaleza están entremezcladas. De pequeño le fascinaban los calendarios en los que aparecían imágenes panorámicas de la montaña. Le gustaba decirse a sí mismo que él haría lo mismo y lo consiguió: hace un par de años lanzó su propio calendario.

Se encargó de todo, desde maquetarlo y editarlo hasta difundirlo y distribuirlo. Consciente de todo el esfuerzo que hay detrás de cada proyecto, hace especial hincapié en que se reconozca tanto la fotografía en cuestión como al fotógrafo que la ha hecho, pues muchas olvidamos que alguien la ha hecho.

Jordi tiene, además, un excelente manejo del Photoshop. Ha llegado a un punto en su vida en el que solo acepta encargos que le suponen un reto y ponen al límite sus habilidades.

Ha conciliado sus pasiones con su vida profesional. Afirma que, como todos los que están con él durante las carreras, ha conseguido trabajo en su patio de juegos: la montaña.

Sin embargo, no siempre ha sido así. Entró en contacto con su profesión a través de la fotografía, no de la montaña. Mientras estudiaba en el Institut d’Estudis Fotogràfics de Catalunya hizo su primer trabajo: pasar una semana en una residencia conociendo y fotografiando a una pareja de ancianos.

La experiencia le gustó y decidió llevarla un paso adelante. Contactó con Kilian y le propuso acompañarle para hacer lo mismo. Todavía recuerda la soledad que le embargó cuando sus padres le dejaron en un camping de Suiza para seguir su itinerario y él se quedó ahí, esperando.

Esa media hora se le hizo eterna. Pasar tantas horas en la montaña inmóvil le hacía querer volver a su casa, pero tenía que aguantar, y lo consiguió. Cuando Salomon vio el resultado no tardaron en pedirle que repitiese al año siguiente como parte del equipo; el  resto es historia.

Una vida sencilla, pero llena de momentos ricos e íntimos que solo él sabe disfrutar. Un optimista nato, capaz de darle la vuelta a cualquier situación.

Unos días antes de la primera carrera de su segundo viaje con Kilian le robaron todo el equipo. Lejos de deprimirse, le pidió la cámara su padre y, al volver, lanzó la peculiar campaña #FotógrafoSinCámara. Reunió unos cuantos objetos de amigos y clientes y los subastó: con lo que ganó recuperó un cuarto de lo que le costó el equipo nuevo.

La austeridad de sus necesidades le permite trabajar unos meses para poder vivir a su ritmo el resto del año, cultivando mente y espíritu. ¿Qué le depara el futuro? Jordi no planea; actúa por instinto. Funciona en el día a día y se deja guiar por lo que le apetece.

Solo sabe una cosa: que quiere evolucionar, aplicar lo que ha aprendido sobre fotografía en las carreras para llevarlo a otros terrenos. Quiere volver a mimetizarse con el ambiente y encararse con el riesgo.

EN LOS ZAPATITOS DE UN BEBÉ

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Loreto Nácar (1988) es una salamantina que está estudiando un doctorado en Adquisición de Lenguaje en Bebés en el Babylab de la Universidad Pompeu Fabra (UPF). Cursó Psicología en su ciudad, aunque después de un Erasmus en Berlín se trasladó a Barcelona a terminar la carrera en la UPF y estudiar un máster en la UAB. A los 16 participó en la Ruta Quetzal y a partir de ahí se ha interesado en proyectos de equidad: a los 20 fue voluntaria en el Campus Shady Oaks para personas con parálisis cerebral y actualmente forma parte de Amnistía Internacional de Catalunya.

Loreto saborea el presente con parsimonia. Su realidad transcurre a una velocidad más lenta, mastica cada momento y sus problemas parecen… más pequeños, más relativos. Después de trabajar tanto tiempo con bebés ha aprendido a ver el mundo como ellos. El entusiasmo con el que habla del tiempo que pasó en Canadá recuerda al relato de un niño que ha vuelto de unas colonias.

Siempre le ha gustado viajar. Unas primas con las que se lleva 15 años viajaban mucho y le traían recuerdos de países exóticos. Vivieron una temporada en Londres y le hicieron abrir los ojos. Ahora intenta hacer lo mismo con sus primos. Uno es culé y le trae camisetas del Barça: este año le ha comprado un puzzle en 3D del Camp Nou.

Una de sus características principales es su empatía: tiene la capacidad de ponerse en los zapatitos de un bebé. Gracias a esta capacidad se mezcla con el ambiente con una habilidad pasmosa. Vaya donde vaya se introduce en el ADN, solo hace falta escucharla hablar catalán para darse cuenta.

Esta habilidad para conectar con las personas le hizo tener muy claro que estudiaría psicología. Le interesaban especialmente los niños, pues sentía que podría llevarse bien con ellos, mejor que con los adultos.

El primer año de universidad no fue como se lo imaginó: cada profesor soltaba en clase su perorata, faltaba debate y no se fomentaba el espíritu crítico. Segundo fue más interesante, aunque no fue hasta finales de curso que no descubrió lo que le gustaba.

En una jornada sobre qué hacer después de la universidad descubrió la investigación, que se abrió como una posibilidad muy interesante de continuar aprendiendo que no se había planteado. A partir de ahí se fue introduciendo en ese mundo y se decantó por Lenguaje y Desarrollo en Bebés.

Los estudios también le sirvieron para llevar a cabo algo que siempre había querido hacer. Sus excelentes notas le permitieron obtener becas con las que pudo cumplir su sueño: viajar y vivir en otros países. Eligió Berlín como primera aventura porque quería mejorar su alemán, una lengua que tenía olvidada desde el Bachillerato.

Fue una inmersión total: pasó el verano previo en el sur para acostumbrarse a la vida y cuando empezó el curso escolar compartió piso con alemanes. Quería ir más allá de entender las clases y de aprobar los exámenes, quería vivir como los alemanes. Le gustó tanto la experiencia que no se sentía con fuerzas de volver a España al terminar el curso, así que fue a hacer prácticas al Babylab de la Universidad de Postdam.

La Loreto que volvía era muy diferente a la que había ido. Ansiosa de cambios, pidió un traslado de expediente a Barcelona, donde había varios grupos de investigación centrados en el bilingüismo. Ahí acabó la carrera y continuó con un máster, becada por la Caixa, para estudiar Neurociencia en la UAB. Mientras tanto, entró a trabajar dentro su grupo de investigación,”Center for Brain and Cognition” en la Universidad Pompeu Fabra.

Una vez terminado el master y en pleno doctorado le surgió la posibilidad de pasar cuatro meses en Canadá. No podía decir que no. Además, era el lugar idóneo: el tipo de bilingüismo de ahí es opuesto al de Barcelona. Ahora ha vuelto, y se siente como si naciera de nuevo. Es consciente de que tiene que asentarse en algún lugar, echar raíces; sin embargo, nunca dejará de tener un pie aquí y otro en la otra punta del mundo. 

EL ENTRENADOR DE MÁQUINAS

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Josep Marc Mingot (1989) es experto en aplicar creatividad a las máquinas. Le encanta juntar diferentes tecnologías para solucionar los problemas de la manera más elegante posible. Es cofundador de Arcvi, una consultora sobre Big Data y participa en la iniciativa Barcelona Analytics, que persigue convertir a la ciudad en el hub europeo de big data. Estudió Matemáticas y Telecomunicaciones en la UPC y en su adolescencia formó parte de la Selección Catalana de Volley.

Josep Marc es sin duda alguna una persona de números. Incluso para hacer algo tan de letras como titular su charla ha creado un programa. Ha recopilado todos los títulos de ponencias TEDx anteriores para ver cuáles son las palabras más utilizadas y tenerlas en cuenta para bautizar su ponencia.

De pequeño tuvo vetado el acceso al ordenador, seguramente de ahí le viene su pasión por las máquinas. Sus padres, con la mejor de las intenciones, temían que fuese una distracción a sus estudios y perjudicara su educación.

Josep Marc sabe que nunca llegará a entenderse en el plano tecnológico con su padre. Donde sí que se entienden, y muy bien, es en el empresarial: su padre, empresario agricultor, tiene una empresa de frutas. La faceta emprendedora de Josep Marc no es de extrañar, pues ya de pequeño tuvo que sudar para pagarse los placeres. Después de tres veranos trabajando en la empresa de su padre se pudo comprar, al fin, su primer ordenador.

A partir de ahí pudo potenciar lo que quería ser desde muy crío: inventor. Le fascinaba la serie “Érase una vez los inventores” y se quedaba embobado mirando a Edison y a Marconi. Se pasó la infancia inventando objetos que no existían hasta que su profesor Xep de la ESO le hizo ver que disfrutaba como un crío con las matemáticas.

Se le daba muy bien conceptualizar y moverse por lo abstracto, aunque no tuviese una aplicación práctica bien definida. Por esa razón quería combinar esa disciplina que le gustaba tanto con otra más palpable. Fue así como descubrió el Centro de Formación Interdisciplinar Superior (CSIF), que le becó para estudiar la doble carrera de Matemáticas y Telecomunicaciones y le permitió desenterrar su sueño de ser inventor.

En primero de la ESO descubrió también los concursos. Espoleado por ese profesor, se apuntaba a todos los retos que podía; una línea que siguió hasta bien entrada en la universidad.

En una ocasión participó en un desafío de Henkel en el que les pedían que desarrollaran la idea de un producto con tecnología de 2020. Competían contra alumnos de marketing y nadie apostaba por dos alumnos de matemáticas. ¡Menuda sorpresa se llevaron, ni ellos mismos lo esperaban! Quedaron segundos gracias a un champú dotado de unos chips que permitían elegir el peinado.

La idea surgió junto a Ferran A. Mazaira, al que conoció en matemáticas y ha sido su socio en la gran mayoría de iniciativas que ha llevado adelante. Si bien se lo pasaban muy bien resolviendo problemas matemáticos cada vez más abstractos, tampoco se querían privar de aventuras terrenales: en cuarto fundaron una academia de repaso en Enrique Granados con Bruc y empezaron diversas iniciativas.

Al fin y al cabo, las matemáticas les encantaban, pero no eran compatibles con el mundo empresarial. De esta forma, en tercero encontró la manera de conciliar todo lo que estaba estudiando gracias a unas prácticas en NeoMetrics: la minería de datos.

A partir de ahí enfocó lo que le quedaba de los estudios hacia este campo. Siguió buscándose las castañas fuera de la universidad; estuvo, por ejemplo, dando clases en ESADE como profesor asociado de matemáticas. Lo tuvo que dejar al final del cuatrimestre porque recibió una beca del Banco Santander para ir a hacer su Trabajo Final de Grado al MIT, cumbre de la innovación en Estados Unidos.

El año y un mes que pasó en Boston fueron inolvidables. Allí desarrolló una app que enseñaba a ver a los smartphones, es decir, identificar objetos y reconocerlos. El ponente de la edición anterior de [email protected], Adrià Recasens, fue quien se encargó de tomarle el relevo en el proyecto cuando su estancia llegó a su fin.

No fue fácil la decisión de volver a Barcelona. Dejaba atrás un país en el que había trabajado muy a gusto y en el que sentía que podía entregarse en cuerpo y alma al proyecto que le interesara, pues es la mentalidad estadounidense. En el MIT, lo habitual era pasar el verano haciendo prácticas en algún sitio. Si bien sabe que no es un lugar donde le gustaría envejecer, ahora mismo siente que es el lugar en el que debía estar en ese momento.

Sin embargo, una fuerza mayor le llamaba. Algo más importante que cualquier estancia en otro país: su proyecto con Ferran.

Tanto Josep Marc como Ferran son conscientes que, de momento, lo más sensato es desarrollar ARCVI aquí. Recientemente se han mudado a una de las instalaciones de Barcelona Activa y cada vez consiguen más clientes. Aún así, saben que sus ganas de volver a Estados Unidos no son incompatibles con su proyecto; de hecho, espera conocer otros muchos países gracias a su iniciativa.

EL PINTOR DE NEURONAS

albertbarque

Llegó a este destino después de cursar la carrera de Economía en la Universitat Pompeu Fabra, donde conoció al Prof. Robin Hogarth, uno de los mayores expertos en el campo de la toma de decisiones, que le insistió en que hiciera el Master Research in Brain, Cognition and Behavior de la Universidad de Barcelona para optar a la beca de los EEUU que le ha hecho llegar a Londres y trabajar junto al Prof. Emmanuel Pothos, su supervisor de tesis.

DIBUJANDO NEURONAS, ESCRIBIENDO CEREBROS, PINTANDO MENTES

Cuando llega el fin de semana, Albert deja la bata de investigador. Se imbuye en sus ropas de pintor y saca la paleta y sus óleos. Su vena de pintor le ha acompañado toda la vida, aunque mientras estudiaba Economía no tuvo más remedio que dejarlo de lado.

Pintar es una vía de escape al doctorado. El arte le permite expresar aquello que no puede sacar en el mundo científico. Funciona sin hipótesis, sin justificaciones, sin lógica. Se deja llevar por el surrealismo, dando rienda suelta a su mano y a su creatividad. Suele acompañar estas imágenes con poesía y relatos breves, dos géneros que le apasionan. Puesto que siempre ha funcionado por etapas, ha recopilado todas sus creaciones en varias colecciones que expondrá por primera vez durante la Brain Awareness Week en Londres, justo una semana antes de dar su ponencia en [email protected].

Él mismo ilustra los artículos que escribe, desde 2013, para El Periódico: son las Neurocápsulas, pequeñas piezas de divulgación científica fresca y narración fluida. En ellas intenta hacer entender a sus lectores por qué la gente actúa de una manera determinada. Estas cápsulas le permiten mantenerse conectado con su tierra de origen y no sumergirse completamente en la rutina londinense.

Siempre ha tenido mucha iniciativa. Le interesaban temas que iban más allá de lo que estudiaba en cada momento. Le parecía normal acercarse a los profesores y preguntarles sobre lo que él quería saber. Si uno no tenía la información que quería, ¡otro lo tendría!

Por eso, mientras estudiaba la carrera fue cofundador, junto a Adrià Aldomà, del Grupo de Estudiantes de Economía y del Día del Estudiante, donde organizaban encuentros con profesores y conferencias. Eran experiencias muy enriquecedoras que le hicieron perder ese miedo generalizado que los alumnos tienen a intimar con los docentes más allá del aula. Además, acaba de publicar junto a Adrià “Generació 2014: Els joves catalans davant el mirall” un libro que explora y replantea el futuro en todas sus dimensiones desde la perspectiva de la generación “Y” o “millenials”. Está editado y publicado por el Centre d’Estudis de Temes Contemporanis, de la Generalitat de Catalunya.

Albert estaba, además, especialmente interesado en estudiar otras ramas del conocimiento. De pequeño quería ser arquitecto o químico, y siempre le ha fascinado la física. Por eso, mientras estudiaba economía devoró muchísimos libros que a primera vista no tenían mucho que ver con lo que hacía.

Accedió a la neurociencia a través de la microeconomía, especialmente de cómo los individuos toman decisiones. Así fue como dio con el libro “Predictably Irrational” y envió un correo electrónico al autor, el Prof. Dan Ariely (que ha dado varias TED Talks con millones de visitas). Le dijo lo mucho que le había interesado el tema y este le contestó que una de las figuras más ilustres de esa temática era Robin Hogarth, el que a partir de entonces se convertiría en su mentor académico.

Desde ese momento se dedica en cuerpo y alma a la neurociencia, un tema que le apasiona. Su día a día está lleno de compromisos: organizar experimentos, reuniones, leer; generar nuevo conocimiento. Aún así, no le impide encontrar otros proyectos en los que meterse. Por ejemplo, la iniciativa llamada “Heroes of Neurons” con Álex Gálvez-Pol, su compañero de doctorado y de piso en Londres.

A muchos les parecerá que con un calendario tan apretado Albert no tiene tiempo para otras cosas. Nada más lejos de la realidad: siempre que puede busca un hueco para ir a correr o a nadar. Tienen que ser actividades individuales, pues le resulta muy difícil encontrar a alguien que comparta tiempo libre con él para sacar a pasear la raqueta de tenis que descansa en su habitación.

Lo hace para airear la mente, descansarla. No hay nada que le estimule más que dedicar los fines de semana a pintar, pintar, siempre pintar; probar cosas nuevas. Ya lo dice su “lema”: