duna
Duna Homedes (1993) cofundó en 2012 Masoveria Urbana per la Llar Alternativa (MULA) en el Barrio de Can Baró, en Barcelona. Este colectivo nació con la intención de afrontar el enorme problema de la burbuja inmobiliaria. Para eso han recuperado el antiguo sistema de habitaje en el que el propietario cedía su finca a un individuo a cambio de que este lo cuide. Duna estudia, además, un grado superior de animación.

Si algo llama la atención del descuidado estilo de Duna son sus botas. Altas y rojas, a primera vista parecen llenas de perfectas manchas de pintura. Después de un examen exhaustivo se puede apreciar que son pequeñas margaritas estampadas en la tela del zapato.

Duna es una chica que presta atención a los detalles. Ya de muy pequeña era así. Su madre recuerda con gracia cuando, en la guardería, su clase tenía que hacer un caracol. Duna fue la única que, en lugar de hacer un pegote, tuvo la idea de amasar un churro de plastilina para enrollarlo y hacer así el caparazón.

Siempre ha sido buena con las manos y se le han dado muy bien las artes plásticas. Sin embargo, su gusto por las maquinitas y de más aparatejos detectivescos le hicieron decantarse por el bachillerato científico. Le interesaba especialmente el mundo de la investigación y de las indagaciones.

Aún así, el bachillerato científico no fue lo que se esperaba. Rápidamente vio que no quería pasarse la vida detrás de números. No tenía problemas para aprobar, así que se podía permitir sentarse al fondo del aula y pasarse la clase dibujando. Se apuntó también a varias actividades extraescolares: probó diversos deportes y se incorporó al CAU.

Buscaba algo, pero no lo encontraba. Nada de lo que le aparecía conciliaba todo lo que le gustaba. Se graduó en medio de esta búsqueda y no supo hacia dónde orientar sus estudios. Tampoco se veía estudiando una carrera en ese momento, así que se tomó una pausa de seis meses, en la que fue a Dusseldorf, donde vivía una amiga de su madre.

Fue una época de libertad total. Si le apetecía, lo hacía. Buscó sin pudor algo que le gustara entre lo que le había llamado la atención. Iba a ver a artesanos y les ofrecía su ayuda sin pedir nada a cambio, solo aprender. Así fue como intentó acudir de oyente a clases universitarias o trabajó de camarera en un bar de heavy metal.

Dado que no dominaba el alemán su núcleo de amigos era muy variopinto: una serbia de veintiséis años, un búlgaro de cuarenta, entre estos; todos procedentes de fuera de Alemania. Se reunían en los parques o en la orilla del río a tocar música, a pasar el rato. Esos días fueron muy felices para Duna, pero a medida que iban volviendo a sus países de origen se fue dando cuenta de que tenía que imitarles.

Sin embargo, antes de dejar las tierras teutonas se llevó una vivencia preciosa. La amiga de su madre le puso en contacto con un conocido suyo que trabajaba en un estudio de animación. Nunca se había parado a pensar que detrás de los dibujos animados, que tanto le gustaban de pequeña, habría gente de carne y hueso, y se dio cuenta de que reunía todo lo que a ella le gustaba. Combinaba el dibujo, el dominio de gadgets, literatura, pues había que construir el guión, investigación, pues hacía falta documentarse para construir universos y pedagogía ya que, al fin y al cabo, el público eran los niños.

Una vez en Barcelona empezó a estudiar el curso de animación, pero necesitaba más. En Dusseldorf se había acostumbrado a no esperar que las cosas vinieran solas sino a buscarlas, y se puso manos a la obra con la Masoveria Urbana. La había conocido gracias a una antigua monitora del CAU con la que había guardado contacto y a la que vio cuando estuvo en Barcelona por Navidad.

La ayudó a buscar casas vacías y a identificar a los propietarios; se sentía como el detective que quería ser de pequeña. Cada vez le interesó más y se involucró completamente junto a una amiga de la infancia y dos del instituto. Al cabo de unos meses consiguieron llegar a un acuerdo con la propietaria del Xalet Mercedes: a cambio de unas horas mensuales de trabajo en la casa podían vivir allí. Después de una exitosa campaña de Goteo recaudaron suficientes fondos para ponerse manos a la obra.

A partir de entonces se incorporó gente mayor al proyecto y ha ido tomando forma. Gracias a un paleta que les enseñaba a medida que trabajaban han aprendido lo que Internet no les podía ofrecer. Han llamado la atención de asociaciones de arquitectos como Arquitectos Sin Fronteras y de un abogado fascinado por la masoveria urbana, feliz por ser testigo de un caso real.

Incluso los vecinos les apoyan. Al principio se mostraron reticentes con la iniciativa, pero después de ver lo intensamente que han trabajado han terminado ayudándoles: les traen zumos y hasta les prestan herramientas cuando ellos no pueden adquirirlas.

En MULA quieren instituirse como una asociación y convertirse en una punto de encuentro todos los interesados en masoveria urbana. Mientras tanto, siguen trabajando. Cada tres semanas dedican tres días intensivos a mejorar la casa. Duna presta especial atención a los detalles; la prueba, su techo: el más limpio y liso de la casa, con las vigas más pulidas y lustrosas.